Las alturas de una ciudad hundida entre cerros fue el lugar propicio para comenzar, el sol nuestro guía, nuestra redención y una multitudinaria ola de pensamientos nuestros acompañantes.
Por minutos estuvimos bajo ese gigantesco astro compartiendo la espera de subir al olimpo, al paraíso que un poco más arriba estaba aguardando la llegada de los distintos rasgos que nos diferenciaban, pero que nos unían a todos en una sola masa de personas motivadas por la emoción, por el delirio de un sonido cautivante-motivante, desgarrador-angustiante; Un sonido que nos hipnotizó y nos lleva aún en sueños no-irritantes a nuestros propios sentidos personales.
Un alucinante quejido nos abrió las puertas al paraíso y cada guerrero compuso su propia sinfonía para llegar a la meta del comienzo de los sueños que esperamos durante tantos años... Y una reja nos separaba de nuestro guía, de nuestra mentora para muchos.
- Y el día terminaba con el delirio de los vientos, los golpes en el diafragma de los bajos golpes electrónicos, dentro de miles de ondas retumbantes - Y la caminata nos hacía golpear nuestros pies al suelo, y la espera nos llenaba de energías vibrantes, nos llamaba a seguir en el camino a nuestro destino, a nuestra redención -
Y los alaridos se hicieron uno solo y como una ola (de mar) sonora nos invadió el cuerpo y la conección quedó habilitada para lo que fuese, lo más increíble nos decía y se nos hacía realidad. La ternura de cada corte, en cada silencio durante todo ese ritual tribal- futurista. No contuve las lágrimas dentro de mí, mi cuerpo lloraba adrenalina en cada primera nota, que se ahogaba debido a las almas acompañantes a los susurros amplificados, a esos movimientos fríamente calculados al movimiento de la música que a cada momento que avanzaba nos conectaba con nosotros mismos.
Y todo se volvió una guerra, una anarquía musical, una fiesta, un funeral para la tristeza y para el dolor... Y las barreras no existieron por unos segundos y no había cura para tal enfermedad que invadió al instante a cada guerrero que compuso su propia sinfonía para llegar a la meta del final de los sueños que esperamos durante tantos años... Y una reja ya no nos separaba de nuestro guía, de nuestra mentora para muchos.
- Y la fiesta llegó a su clímax y la gente estaba eufórica, flashs, papeles, láser, música, gritos saltos, bailes, cantos, llantos, voces, miradas crearon el mayor torbellino que haya presenciado en mi existencia terrenal, en este mundo de concreto... no onírico... no humano... racional... -
Por minutos estuvimos bajo ese gigantesco astro compartiendo la espera de subir al olimpo, al paraíso que un poco más arriba estaba aguardando la llegada de los distintos rasgos que nos diferenciaban, pero que nos unían a todos en una sola masa de personas motivadas por la emoción, por el delirio de un sonido cautivante-motivante, desgarrador-angustiante; Un sonido que nos hipnotizó y nos lleva aún en sueños no-irritantes a nuestros propios sentidos personales.
Un alucinante quejido nos abrió las puertas al paraíso y cada guerrero compuso su propia sinfonía para llegar a la meta del comienzo de los sueños que esperamos durante tantos años... Y una reja nos separaba de nuestro guía, de nuestra mentora para muchos.
- Y el día terminaba con el delirio de los vientos, los golpes en el diafragma de los bajos golpes electrónicos, dentro de miles de ondas retumbantes - Y la caminata nos hacía golpear nuestros pies al suelo, y la espera nos llenaba de energías vibrantes, nos llamaba a seguir en el camino a nuestro destino, a nuestra redención -
Y los alaridos se hicieron uno solo y como una ola (de mar) sonora nos invadió el cuerpo y la conección quedó habilitada para lo que fuese, lo más increíble nos decía y se nos hacía realidad. La ternura de cada corte, en cada silencio durante todo ese ritual tribal- futurista. No contuve las lágrimas dentro de mí, mi cuerpo lloraba adrenalina en cada primera nota, que se ahogaba debido a las almas acompañantes a los susurros amplificados, a esos movimientos fríamente calculados al movimiento de la música que a cada momento que avanzaba nos conectaba con nosotros mismos.
Y todo se volvió una guerra, una anarquía musical, una fiesta, un funeral para la tristeza y para el dolor... Y las barreras no existieron por unos segundos y no había cura para tal enfermedad que invadió al instante a cada guerrero que compuso su propia sinfonía para llegar a la meta del final de los sueños que esperamos durante tantos años... Y una reja ya no nos separaba de nuestro guía, de nuestra mentora para muchos.
- Y la fiesta llegó a su clímax y la gente estaba eufórica, flashs, papeles, láser, música, gritos saltos, bailes, cantos, llantos, voces, miradas crearon el mayor torbellino que haya presenciado en mi existencia terrenal, en este mundo de concreto... no onírico... no humano... racional... -


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